Protocolo Carmesí

Un thriller distópico de alta tensión sobre vigilancia algorítmica, control social y el precio de cuestionar lo que todos obedecen.

Porque cuando el poder controla el significado de un color, lo controla todo.

Sinópsis:

En esta sociedad, tu pulsera no mide tu salud: mide tu obediencia. Verde, sigues adelante. Amarillo, te vigilan. Naranja, te apartan. Y si el sistema te marca en Carmesí, nadie pregunta por qué: simplemente desapareces.

Lorena Rivera trabaja en el corazón del Ministerio, afinando el algoritmo que decide quién es «seguro» y quién es «peligroso». Hasta que una noche presencia el protocolo en marcha… y descubre una grieta imposible: el rojo no siempre se «gana». A veces, se asigna. Se fabrica. Se empuja con un ajuste firmado por un usuario que no existe.

Con Marcos, un técnico que aún no ha olvidado cómo se pelea con el sistema, Lorena se enfrenta a una elección brutal: callar y sobrevivir… o abrir los logs prohibidos y demostrar que el miedo también se programa.

Porque cuando el poder controla el significado de un color, lo controla todo.


Si te atrapan las distopías de 1984 y los dilemas tecnológicos con ecos de Black Mirror, esta historia es para ti.

EDICIÓN EN CASTELLANO

GÉNERO: Novela Distópica
EDITORIAL: Publicación Independiente
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2026
ISBN: 9798246656211
NÚMERO DE PÁGINAS: 131
FORMATO: 15 X 23 cm

EDICIÓ EN CATALÀ

GÈNERE: Novel·la Distòpica
EDITORIAL: Publicació Independent
ANY DE PUBLICACIÓ: 2026
ISBN: 9798246695937
NÚMERO DE PÀGINES: 131
FORMAT: 15 X 23 cm

Hay colores que no se miran: se recuerdan.

El rojo —ese rojo que asociamos a la sangre y a la alarma, al deseo y a la vergüenza, al amor y a la violencia— tiene la mala costumbre de aparecer cuando algo está a punto de romperse. Por eso el rojo fue el eje de un libro colectivo impulsado por Gavà de lletres, la asociación de escritores y escritoras de Gavà: porque, en el fondo, escribir también es eso, asomarse a la grieta y decidir si la señal sirve para advertir o para incendiar.

Protocolo Carmesí nació así: como un encargo que parecía sencillo y que, sin embargo, empezó a crecer desde la primera frase. La idea era escribir un relato corto, ajustado a una extensión concreta, con el rojo como leitmotiv. Pero hay historias que no aceptan límites sin pelear. Cuanto más intentaba domarla para que cupiera en el molde, más se me escapaba entre los dedos, como una mancha que se extiende en el tejido por capilaridad. Lo que iba a ser una narración breve empezó a pedir respiración, pasillos, habitaciones cerradas, nombres, consecuencias. Empezó a pedir tiempo.

Y, sobre todo, empezó a pedirme un género que yo no había tocado nunca.

Porque Protocolo Carmesí no surge únicamente de una consigna cromática, sino de una inquietud: ¿qué ocurre cuando el poder no se limita a vigilar lo que haces, sino que aspira a administrar lo que sientes… y, más aún, lo que significan las palabras con las que lo sientes?

Vivimos en una época que presume de libertad, pero que a menudo se comporta como si la libertad fuera una interfaz: un permiso concedido, una casilla marcada, un gesto que alguien registra. Cada vez más, lo real y lo virtual se rozan hasta confundirse; la vida se duplica en pantallas, y a fuerza de duplicarse se fragmenta. Hay días en que uno tiene la impresión de estar presente a medias, como si otra parte de sí mismo se quedara fuera, en suspensión, en manos de algo que no sabe nombrar. Y, cuando no sabes nombrarlo, ya has empezado a perder.

De ahí que esta historia hable de control. Pero no del control espectacular, el de las botas y las sirenas (que también), sino de ese otro control más eficaz: el que se disfraza de norma, de protocolo, de «lo correcto», de lo inevitable. El que te convence de que el problema eres tú por sentir demasiado, por preguntar demasiado, por reírte cuando no toca, por insistir en llamar a las cosas por su nombre.

En Protocolo Carmesí, el rojo no es solo un color. Es un campo de batalla.

Es la señal que el sistema quiere domesticar y, a la vez, el síntoma de que algo dentro de nosotros se resiste a ser domesticado. Es la palabra que amenaza con vaciarse de sentido, la emoción que intentan codificar, el impulso que pretenden traducir a una métrica aceptable. Porque si consigues que un color deje de significar, después puedes conseguir que deje de significar cualquier cosa: un abrazo, una herida, una injusticia, una promesa. Y entonces ya no hace falta prohibir: basta con confundir.

Quizá por eso, mientras escribía, me venía a la memoria un relato que redacté con veintipocos años. Era una historia mínima, casi un gesto, sobre una sociedad futura en la que estaba prohibido reír. No prohibido por capricho, sino por coherencia: reírse era una grieta en el muro. La risa era contagiosa. La risa era indisciplinada. La risa no se podía medir, ni archivar, ni convertir en norma. La risa era, en sí misma, una forma de libertad.

No sé si aquel texto juvenil era bueno o solo era honesto, pero sí sé que contenía una intuición que todavía me acompaña: cuando el poder quiere ser absoluto, no se conforma con gobernar los cuerpos; intenta gobernar el lenguaje, el deseo, el humor, la memoria. Intenta gobernar la parte invisible de nosotros mismos, esa zona donde nace la dignidad antes de convertirse en gesto.

Si algún día ese relato merece una segunda oportunidad, será porque las historias —como las personas— a veces vuelven cuando una época se parece demasiado a su pesadilla.

Este prólogo no pretende explicarlo todo. Prefiero que el libro lo haga a su manera, con sus sombras y sus revelaciones. Pero sí quería dejar constancia del origen, porque el origen también es un mapa. Este texto empezó en comunidad: en la chispa de un proyecto compartido, en una asociación que reúne voces distintas bajo una misma voluntad de cultura y de ciudad. Y acabó exigiendo su propio espacio, su propia extensión, su propia respiración.

En el camino, el rojo dejó de ser una consigna y se convirtió en un lugar.

Un lugar donde lo humano late a pesar de los protocolos. Donde la conciencia se defiende incluso cuando tiembla. Donde la pregunta «¿quién decide?» se vuelve más importante que la respuesta. Donde el peligro no siempre lleva uniforme, y la obediencia puede ser la forma más silenciosa de la violencia.

Por eso, aunque aquí haya ficción, este libro también es un homenaje: a quienes en cualquier momento de la historia se enfrentaron al control del poder, a quienes se pusieron en peligro por mantener viva una verdad, una palabra, una risa. Porque todas las épocas tienen su protocolo, y todas las épocas necesitan a alguien que se atreva a romperlo.

Que este rojo no sea una marca en el expediente.

Que sea una señal.

Una advertencia.

O, si hace falta, un incendio.

¿Qué opinan los lectores?

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El resultado es un thriller absorbente e hipnótico que te tiene atrapado al libro y desconfiando del rojo como del diablo.

El resultado sigue siendo inquietante.

Sobre todo, porque da la impresión de que la sociedad en la que vivimos no está muy lejos de la que el autor plantea en Protocolo Carmesí.

O, dicho de otra forma, no resulta desdeñable pensar que nos encaminamos hacia una sociedad en la que tal vez dependamos del color que nos asigne una pulsera.

Protocolo Carmedí en los medios